Yo no soy una madre perfecta, ni mucho menos.
No soy como esas muñequitas "vintage" que aparecían y aparecen en los anuncios comerciales representando a madres felices súper sonrientes, súper bien peinadas y maquilladas con sus felices churumbeles, una casa megalimpia y ordenada, y con todo bajo control.
No lo soy. ¡que va!
La sociedad presiona con los modelos de madre que debemos ser, madres que todo el día son felices, que están al servicio de sus hijos sin quebrarse y sin una sola queja ni cansancio "in extremis".
Madres que se acuestan a las 12 de la noche, aunque sus hijos estén durmiendo desde las 8 de la tarde, pero que aprovechan esas horas para poner lavadoras, preparar el almuerzo del día siguiente, trabajar desde casa, o lo que sea que queda pendiente en el día.
Madres que se levantan a las 7 de la mañana con cansancio acumulado del día anterior, y que están preparadas para preparar los desayunos de sus hijos, vestirles y llevarles a la escuela, e irse a trabajar; o madres que comienzan sus días de igual manera pero tienen toda la casa por recoger, comida que preparar, niños a los que atender...
Y además lo hacen con una sonrisa en la boca, perfectamente vestidas, peinadas y sin una mínima queja.
Madres que
alimentan a sus hijos de la manera más sana posible, sin grasas, dulces ni frituras.